No quiero títulos, déjame en paz

Voy a escribir porque estoy nervioso. Qué novedad ¿verdad? bueno, Ariel. De eso trata esto.

Estábamos estupendamente. Los tres días fantásticos. Acampada, videojuegos, comidas en el jardín, tebeos, paseos en patinete, visitas (¡visitas!)… y a todo Pedro había reaccionado estupendamente y sin problema. Serio, pensativo… pero perfectamente. Y esta mañana, al preguntarle si tenía ganas de volver a su centro me ha dicho “No. Me quedo aquí.” Y parecía buena noticia, claro. El asistente social (presentándose ayer de sorpresa para pillarnos in situ, el cabrón) nos había dicho ” si está participativo, no esperamos más.” Y tan contentos que estábamos. Pero quizá nadando en nuestra propia confianza, hemos querido lanzarle un órdago esta mañana diciéndole “para que te quedes con nosotros tienes que llevar el implante. Si no te lo pones, no te puedes quedar.”

Y ahí lleva. 1h. de reloj sentado en la mesa. En el mismo sitio donde se lo hemos dicho, así se ha quedado. Con el ceño fruncido y mirando fijamente la hoja que estaba dibujando. Con las manos abajo, quieto y estático. Como si no estuviera. Encerrado otra vez en sí mismo. Y por más que le tocamos, ni nos mira, ni nos habla, ni presenta ninguna reacción de ningún tipo. Nada. Se nos ha ido.

Simón está a su lado dibujando y vigilándole, por si entra en crisis y se hace daño. Vale, es nuestro primer fracaso. Deberíamos empezar a acostumbrarnos porque vendrán otros.

Deberíamos.