Etología y unicornios

Llevo desde las 7 de la madrugada de ayer, haciendo de árbitro de gatos. Tequila se volvió loca de buenas a primeras, y atacó a Tripi. Persecuciones, bufidos, mordiscos, arañazos. Me dejó totalmente desconcertado, sobre todo porque hasta ayer se adoraban y estaban siempre pegados el uno al otro, como dos novios victorianos. Me dijeron los expertos que probablemente no sería más que un subidón hormonal de la gata por no estar castrada, ni montada. El rictus de las vírgenes, como decía María Barranco en aquella película. Sea como fuere se armó la de dios, y tuve que terminar por encerrarla en el transportín y darle un chute de diazepam, para que se calmara. Pero en cuanto la soltaba, volvía a lanzarse contra él. La situación me superó un poco, y perdí nervios y papeles. Karlos me dijo “¿dejamos que se peguen y que gane el mejor?” y yo hice volatines con los brazos “PEROPEROPERO ¿¿¿¿QUÉ ESTÁS DICIENDO???? NO TIENES NI IDEA, NI IDEA DE GATOS. ¡¡¡NI IDEA!!!” Por la tarde-noche, me llamó una amiga de mi cuñada. Etóloga gatuna. “Lo que tienes que hacer es dividir la casa en dos zonas, bien definidas, con una red transparente, sujeta a la pared. Cada uno de los dos gatos en disputa, deberá ocupar un lado de la red, pero pudiendo verse y olerse a través de ella. Luego, pon una bandejita de tierra y un comedero a cada lado, bien cercano a la zona de límite, y suminístrales de forma constante, alimentos y golosinas que les resulten extremadamente sabrosos. Cada día, varía el menú para hacérselo más atractivo. Cuando veas que los gatos vuelven a bufarse, o se enzarzan incluso a través de la red, empújales suavemente con un cojín pequeño o una almohadita, mientras les susurrras palabras cariñosas en voz muy serena y queda. Todo eso, debes mantenerlo a lo largo de tres o cuatro meses, hasta que los gatos se vayan acostumbrando a relacionar el olor del otro con el premio de una comida deliciosa y un gesto de amor.” “Ehm…¿tres o cuatro meses ha dicho usted?” “Eso es. Muchas veces no hace falta más.” “Y…¿otras sí?” “Bueno, son asuntos delicados. A veces se prolongan hasta un año…”

Cuando colgué se acercó Karlos. “¿Y bien? ¿qué te ha dicho?”  Respiré hondo. “Nada. Que los dejemos que se peguen y que gane el mejor.”