Seguro ¿no?

Pedro lleva diez minutos con la barriga encima de una silla, ensayando los movimientos de natación que le enseñó Karlos en la piscina. Con las gafas de buceo puestas y Birra dando saltos y ladridos alrededor. De verdad que es para verle. Uno piensa que en esta casa no podemos estar más locos, hasta que llega el siguiente. Me he acercado para intentar razonarle. “¿No sería mejor ensayar eso en el agua?” “Claro que sí.” “Y…¿entonces?” “¿Entonces qué?” Me faltan dedos para contar las veces que Pedro me deja con cara de paisaje. Algún día aprenderé que intentar razonar con el rey del razonamiento viene a ser como jugar a los barcos con el almirante Nelson.

Ha venido mi vecina. Nos ha dado unos besos muy sonoros con mucho pintalabios y mucho rastro de salivilla libidinosa. Bueno… a Karlos. A mí me lo ha dado en plan tía-madrina maciza con afecto maternal. Tal y como cabía esperar, ha preguntado por su perro gigante satánico y horroroso. Ha sido como en los tebeos y hemos contestado a la vez y mal. Karlos ha dicho “lo rompí” y yo he dicho “se lo llevó mi suegra.” Y luego nos hemos mirado y hemos vuelto a decir a la vez: “¿qué es lo que has dicho?” Mi sincronización con Karlos a la hora de montar coartadas es una genuína mierder. Él siempre dice la verdad. Siempre. No importa los corazones que cruja o los ánimos que pise. Considera la verdad como el único camino. Y no por un sentido estricto del honor, ni nada de eso. Simplemente porque no se le pasa por la cabeza que haya más opciones, porque la mente de Karlos (ya lo he dicho otras veces) es simple y limpia como un pasillo bien encerado. Mi vecina pechugona no se ha ofendido. Sólo ha soltado una risita y ha dicho “da igual, da igual, preguntaba por preguntar…” No sé si luego cuando haya vuelto a su casa, se habrá dedicado a prender alfileres en dos muñecos de vudú con nuestro aspecto. Prefiero no pensarlo. Hoy estoy cansado, antipático y raruncio. Creo que las 256.356.879 pastillas que llevo consumidas en los últimos tres meses empiezan a hacerme agujero en el organismo, y no me aguanto ni yo. Mañana será un viernes estupendo. Eso es. Sí. Seguro.
Seguro ¿no?