9 de Junio

Baja desde su despacho y me tira de la camiseta. Le digo “déjame diez minutos que tengo que escribir esto para el blog…”  y apoya la barbilla sobre mi cabeza. “Déjalo para mañana.” Nada de mañanas. “No. Lo quiero escribir ahora, porque mañana no lo haré, y cuando vuelva a leer estos diarios, dentro de cinco, diez, quince años, ya no recordaré nada del día 9 de junio y será como si hubiera pasado un día en vano ¿comprendes?” Empuja mi oreja con su nariz. “Comprendo. Qué pena que hoy sea 10…”

Querido Ariel de dentro de cinco, diez o quince años: acuérdate que el día 10 de junio te sentías feliz. Que había un verano que aún no era verano del todo, y un año que parecía más un simple tránsito hacia tiempos más importantes. Que habiáis tenido la feliz idea de colgar de los dos árboles del jardín una hamaca de cuerda, y que ahí, os subiáis cuando se estaba escapando la luz y jugabáis al balanceo perezoso de conversación intrascendente y tejido de planes. Planes de todos los colores, formas y tamaños. Ir a Moorea de viaje de aniversario a bucear entre mantarrayas y corales rojos. Comprar una casa más grande, sin escaleras. Hacerte escritor de un libro que cambiara el ánimo de quien lo leyera. Adoptar una niña de Kabul. Comprar un pájaro que pudiera volar suelto por la casa y burlarse de los gatos desde lo alto de las lámparas… Recuerda también que te tumbabas encima suyo, y que él dejaba caer el pie a ras de suelo, para ir alimentando despacio el balanceo de la hamaca. Recuerda tu mano abierta sobre la suya. Palma contra palma. Dedos sobre dedos. “Vaya manaza gastas. El día que me pegues un puñetazo…”  “El día que yo te pegue se habrá terminado el mundo.”

Querido Ariel de dentro de cinco, diez o quince años… siento mucho que ya no puedas volver aquí.