Verano

Que digo que yo no valgo para esto. Que me dice que se ha roto una costilla. “Aquí todo bien. Sin novedad. Creo que volveré antes porque me he roto una costilla.” Sin novedad. Sin novedad, pero ahora canto de barítono, porque me he perforado un pulmón. Sin novedad, pero me veo mejor el ombligo porque me cuelga un ojo. Sin novedad, pero me apetece verte esa carita que se te queda como de bebé mandril sorprendido, cuando hago que se te caigan los palos del sombrajo con dos palabras y un gesto de “costillas-a-mí.”  Y ahora, este sinvivir. Dejo un sinvivir y cojo otro. De oca a oca y tiro porquenomecaséconuntornerofresador. Me llama su compañero de batallas, alegremente y me cuenta que “está bien, solo le duele al respirar.” Ah bueno, sí es así… todo ok. Solo al respirar. Por un momento me había asustado con eso de que fuera algo importante. Si con no respirar lo soluciona, pues… bien ¿no?

No veo el momento de montar a la tribu en el camión y largarnos a la playa. A no hacer nada. A tirarnos en la arena y ver correr a los perros. A jugar al póker con dos vodkas con lima, y unas onzas de chocolate, en la mesa cutre del jardín. A caminar por el paseo, con el pan y los churros del desayuno, cuando todavía la luz está naranja y la arena fresca. A jugar al rey de la colchoneta hinchable, dentro del agua, hasta que nos escuezan los huevos y las rodillas, de tanto empuje, tira, risa, sube y baja. “Venga ahora a ver quién se pone de pie.” “Y ahora a ver quién aguanta más tiempo contra las olas.” “Y ahora…”

Y ahora… de repente, el verano. Venga. Ahora. Ya.