Malick y la tormenta perfecta

Sé que a (casi) nadie le gusta Terrence Malick, pero a mí me encanta. Anoche estaban poniendo Badlands en TCM. La eché un ojo de pasada, lo justo hasta que Karlos terminara de ducharse, y ahí me quedé. Atrapado en Malick hasta casi las dos de la madrugada. Me pasa siempre. Siempre. Lo piso casi sin querer y me atrapa. Puede que sea uno de mis directores favoritos. Y lo más curioso es que nisiquiera puedo decir por qué. No puedo expresar lo que Malick me hace sentir con sus películas. Nisiquiera llego a entenderlo. Solo sé que cuando entro en ellas, no puedo dejar de verlas. Y que todo es como un torrente de sensaciones. Como si además de verlas y oírlas, también pudiera saborearlas y olerlas. Como si de pronto se me abrieran a la vez todas las puertas de la percepción. Karlos me dice que es normal. Que Malick es un genio y que los genios del cine están para desconcertarnos. Me alegro de que él lo entienda. Me hace más llevadero lo de dormir solo cinco horas por quedarme a ver una película hasta las dos.

Hoy ha caído una granizada de julio. Me ha fascinado tanto que la he grabado un poquito desde la ventana del trabajo con el móvil. Karlos ha tardado exactamente 2 horas en saltarse lo del reposo absoluto de su costilla chunga, y coger el coche para venir a buscarme al trabajo. Discutirlo ha sido inútil. No ha confiado en mi capacidad para conducir sobre la alfombra de hielo, sin estamparme contra un poste de la M-30. Le he dicho “pues yo me apañaba también perfectamente antes de conocerte ¿eh?”, pero creo que le he mentido un poco. La verdad es que perfectamente no me he apañado nunca. Para qué nos vamos a engañar…