Nepopride

Salimos anoche. Hasta la hora de los amaneceres. Nunca he sido especialmente fan de las fiestas del orgullo gay. Siempre me ha parecido que se desvirtualizaba la lucha en pro de lo festivalero. Pero de un tiempo a esta parte, mis sentimientos están dando un giro radical. Supongo que por esta nube de caspa y retroceso social que llevamos respirando desde hace años. O quizá porque siempre llega el momento en el que terminan de tocarte los cojones aquellos que se permiten disfrutar de su libertad poniendo límites a la tuya. Sea como fuere, salimos. Nos llamaron, buscamos canguro, y acudimos. La primera vez en… ¿cuántos? no sé. Doscientos años. Al final terminamos la noche (o la madrugada) en el garito de mi cuñado. Yo, un poco perjudicado. Karlos no, porque con los antiinflamatorios no  quiso beber, y aunque lo hubiera hecho igual daba, porque él puede beberse el Volga hecho vodka y seguir tan pichi, mientras que yo con dos cervezas ya no soy capaz de recordar mis apellidos. Cada uno sus méritos, ya ves. La noche se nos fue un poco de las manos. Tanto que terminamos teniendo sexo contra unas cajas de cerveza, a eso de las… qué se yo… cinco o seis de la madrugada. Ojo a Karlos. Sexo de bodega, con dos costillas rotas y sin un gramo de alcohol. Yo creo que eso debería puntuarle hasta para el Mario Kart ¿no?

Nos han despertado. A las diez. Trayendo churros. Tenemos dos niños que se levantan, se asean y se preparan el desayuno ellos solos, pero también seis cuñados que te despiertan a las cuatro horas de sueño trayendo churros. Es lo que tienen las grandes tribus. Permiten disfrutar de una gran diversificación a la hora del jodimiento.