Cuenta atrás

Se acerca el momento de irnos de viaje y nos ponemos todo nerviosos. Y hacemos listas, y recuentos, y planes. Y organizaciones de maletas y viajeros que luego se quedan en nada, porque aquello es como un tetris y seguimos siendo demasiados trastos para un solo coche. Él, la chinchilla y yo, delante. Dos niños y un perro, detrás. Los otros dos perros, detrás de detrás. Las maletas, detrás de detrás de detrás. Y arriba en el arcón, las hamacas, los patines, la playstation y el orfeón donostiarra por si paramos en una gasolinera y necesitamos que alguien nos cante un poco. Demasiados. Lo dicho. Y agradeciendo al cielo que el coche de Karlos sea como un tanque oruga y aún vayamos holgaditos. Que si tuviéramos que ir en el mío, a algún perro fijo que tenía que tocarle ir agarrado al guardabarros, haciendo surf sobre los patines que NO podrían ir en el arcón superior (básicamente porque en la zona superior solo tengo caca de paloma).

A pesar de todo nos emocionamos. Claro. Y nos mola. Sobre todo por Pedro. No se imagina el mar. “Como una piscina, pero que no tuviera horizonte.” “Pero…¿y si miro con las gafas debajo del agua a lo lejos qué se ve?” “pues…nada. Porque es tan infinito que la vista no lo alcanza. Tienes que ir avanzando y cada trozo es una sorpresa.” Y lo apunta en el cuaderno, con mayúsculas: VAS AVANZANDO Y CADA TROZO ES UNA SORPRESA. Supongo que no soy el rey de las descripciones coherentes, pero no sé qué más decirle. Nací en una isla. No sé cómo se siente una vida sin mar. Yo me caí de la barca de mi abuelo con tres años y salí a flote, como una merluza. ¿Que qué se siente en el mar? no lo sé. ¿Qué se siente fuera de él?