Círculos cerrados

Mañana se casa el autobusero. Ha llamado hoy por teléfono a Karlos. A mi juicio un poco pedal, supongo que por la despedida de soltero. ” No puedo creer que no vengas a mi boda.” Karlos le ha dicho: “Yo lo que no puedo creer que todavía sigas llamando” y le ha colgado. Luego ha seguido jugando con los dos niños al parchís, riendo y divirtiéndose como si no pasara nada. He buscado algún atisbo de duda o de reflexión en su mirada, o en su voz… y nada. Absolutamente nada. Frío como un témpano. Sus reacciones para con el autobusero me dejan con cara de paisaje. No he visto un cerrojo más inmenso que el que puso en esa puerta, de verdad.

Le he dicho que a lo mejor deberíamos ir mañana a la boda. No sé por qué. Porque me gusta que las bodas vayan bien, que para eso son bodas. Porque no sirvo para los conflictos, ni las penas, ni los rencores momificados. Pero igual ha dado, porque me ha mirado como si le hubiera dicho que soy Batman. Entre divertido y escéptico. Luego se ha levantado, me ha besado, me ha abrazado y ha dicho “creo que nos haremos viejecitos juntos, mosquito ¿cenamos fajitas?” Así. Sin pausas de respiración. Sin puntos aparte. Sin nada. Del autobusero al jamás, del jamás al amor. Del amor al pollo. Perfectamente sonriente y perfectamente tranquilo.

En realidad, sí sé por qué siento pena por el autobusero. Yo tampoco soportaría su ausencia.