Caos

Mi casa (nuestra casa) es grande y destartalada. Karlos intenta que no sea así. Él compra cosas cuquis en los mercadillos y ferias de diseño y procura que todo esté limpio y en su sitio lógico y normal. Y coloca y recoloca y pule y repule. Y se enfada conmigo (un poco) cuando descubre que me he dejado una bola de calcetines dentro del microondas cuando en realidad quería calentarme un café (verídico). Sin embargo, sucede que Karlos y yo nos queremos. Bastante. Bastante mucho. Tanto como para asimilar que tenemos que adaptarnos el uno al otro,  incluso a pesar de que en cuanto a personalidades somos como un huevo y una castaña. Y por eso, y solamente por eso… en nuestra casa, lo primero que dejamos claro, es que además de dormitorios, baño y despacho, se hacía necesario tener una “habitación del pánico.” Y así la dispusimos. Arriba, en la buhardilla. Ahí está nuestra habitación del pánico. Igual que la tenía Jodie Foster, solo que en lugar de utilizarla para huir del pánico entrando, la nuestra es más bien para huir del pánico saliendo. Sobre todo si eres normal, y no puedes entender que lleguen a existir microondas que guarden calcetines. Sobre todo si no eres yo. Porque ese es mi feudo. Donde pinto las paredes y amontono. Donde cualquier día aparecerá un vietnamita llamado Pong que llevará dos años cultivando arroz en una de mis cajas de libros-al-tuntún. Y, lo que es peor… donde yo me entiendo. Y me encuentro. Y hasta no me parezco tan mal.