Piercing

Hace un año me hice un piercing en el labio. No sé por qué. O sí lo sé. Porque soy un gilipollas ciclotímico, y los gilipollas ciclotímicos no sabemos estarnos quietos en nuestras etapas de off. Así que en una de esas me lo hice. Nada que hubiera que lamentar. Muy pequeño. Un punto negro  a un lado de la boca. Tanto que igual podría haberme hecho un pif-pif con la punta de un rotring y haberme ahorrado la pasta y el daño tranquilamente. Pero bueno. Finalmente lo hice, y hecho está. Y a mi jefe no le gusta. El mismo jefe al que tampoco le gusta que ponga música, ni que saque muñequitos de Warhammer, ni que lleve zapatillas, ni que exista, así en general. Pero con lo del piercing ya me ha pasado a la fase 2. La fase CONCIENCIACIÓN. Esa en la cada vez que te pilla a traición en el café o en el wc, te explica la vida y milagros de su barba de los 25 años y cómo se la afeitó por el bien de la empresa, llegando a ascender hasta hacerse un hombre de provecho, con mujer, niños, canal plus y thermomix. Y yo le escucho, con mi cara de nada y mi hombro bajo su garra, porque por ahora resisto. Resisto, sí. Pero no sé cuánto aguantaré, ni si seré capaz de hacerlo hasta la fase 3 (PERSUASIÓN) sin llevarme una colleja laboral (catálogos de fajas, normativas del uso del wáter, manuales de 900 páginas sobre montajes de andamios… sus posibilidades son infinitas).  Pero bueno, que… eso. Que por ahora resisto y que el piercing sigue atrincherado en su minirepública del belfo. Y que no sé por cuánto tiempo. Esperemos que el mismo que la corbata que nunca llegué a ponerme, que esa sí que superó la fase 4 (CHANTAJE) y hasta llegó sobrada y con éxito hasta la 5 (REVISIÓN DE SUELDO POR MIS COJONES).

May the force be with me.