Dolores

Mala racha. Dolores. Siempre tengo dolores. Son como una especie de mochila vital, lo que ocurre es que suelen ir y venir como fantasmas y hacerse llevaderos, y últimamente se me han vuelto corpóreos y tocapelotas. Las últimas ocho horas han sido de run-run constante e in crescendo. Esta mañana me he sorprendido a mí mismo poniéndole ojitos a los parches de morfínicos. Y desde luego ese es un puente que no quiero cruzar. No sé por qué. Karlos dice “si los necesitas, los necesitas”. Supongo que la cuestión es que no quiero necesitarlos, porque lo considero un paso atrás. Por ahora, resisto sin ellos. Respiro hondo contando hasta cuatro, como me enseñaron. Cuatro de inspiración… cuatro de expiración. Con la bolsa de guisantes congelados encima de la cabeza. Que hay que verme. Ventiocho bolsas de hielo me habrán comprado ya en lo que va de ayayays. Algunas superchulas, con su velcro y gel azul. Y nada. Sigo con mis boinas frudesa. Como las abuelas que utilizan la tablet para calzar la mesa. Igual.