Tomatinas

Le dije al becario que en la oficina hacíamos una minitomatina en el patio, para conmemorar la de Buñol. Y se lo creyó. Y ha venido en bermudas y chanclas. No de las veraniegas elegantes, sino de las de goma de piscina toda la vida. Cuando le he visto me quería morir. Porque sí, es verdad, soy un subnormal y mi límite de paridas está ya superando el subnormalómetro, pero ¿quién puede creerse una chuminada como esa? quiero decir… ¿alguien puede imaginarse a toda una oficina pegándose tomatazos porque lo hagan cuatro zumbaos en un pueblo perdido de Valencia? pues sí. Él. Él se lo ha creído. Quizá porque de puro absurdo soné convincente, o quiza porque los del autoservicio se sumaron a la broma enseñándole la caja de tomates que presuntamente íbamos a utilizar para este año. Sea como fuere, así que ha aparecido la criatura. Como si en vez de a maquetar hubiera venido a buscar espárragos entre los ficus.

Cada vez que se levanta y oigo el flics-flocs de las chancletas contra el linóleo siento como que se me abren un poco más las puertas del infierno.