Colegio

Mañana es el primer día del resto de mi vida. Y valga esa gilipollez (suscribo como odiador profesional de estupifrases hechas) para simbolizar que mañana empieza el fresquito de septiembre, alabado sea Belcebú, y los colegios. Los queridos colegios. Los maravillosos colegios. Los imprescindibles colegios. La mierda de los colegios. Y estamos preocupados, claro. Porque hasta ayer todo eran buenos presagios, pero mañana se convierten en buenas (o malas) realidades. Tengo los huevos en la garganta por la adaptación de nuestro Pedro asperger a la nueva clase. Karlos no. A Karlos no le caben. Karlos está tranquiiiiiiilo, tranquiiiiiilo y utiliza sabiamente el método budista de Gasteiz “lo que tenga que pasar, pasará aunque me preocupe.” Aún asi, tiene perfectamente currado su look macarra para llevar mañana al niño al colegio. Y en moto. Karlos nunca lleva a los críos en moto (casi es un milagro que me lleve a mí), pero mañana hará una excepción con Pedro, y le llevará en la Harley. Y la aparcará con su bota de patear culos, se ajustará las gafas de espejo y entrará en el colegio enseñando placa y tatuajes. Yo no tengo placa, ni tatuajes, ni Harley. Y cuando me pongo botas de patear culos me voy tropezando conmigo mismo, así que en esta misión me encargo de la logística. Ayer pasé una hora con Pedro, escribiendo una lista de las cosas que debía y no debía hacer en clase. Dijo “me las aprenderé de memoria porque no las entiendo.” Bueno. Vale. No era lo perfecto, pero con eso valía. Se lo dije. “Con eso me vale. Ya las profundizaremos.” A las doce y media de la noche, cuando ya hacía una hora que se habían acostado, apareció por el salón en pijama, con la lista en la mano y me dijo “no me has puesto estudiar.” Karlos se descojonó de risa.

Sí, sí… resulta que con la logística también me tropiezo conmigo mismo. Fíjate.