Suegra

Sigo que no sigo. En general. Me levanto y no he llegado ni al pasillo y ya estoy cansado. Empiezo a mosquearme un poco. Incluso a pesar de astenias y otoños, esto empieza a no ser del todo normal. Mañana por la mañana iré donde mi suegra a que me saque 40l. de sangre (que mi suegra, como analista, es bruta de pelotas) y me diga si todo está bien. Y voy un poco acojonado. No por lo que pueda dar el análisis, sino porque me dejó así como 45.000 kg. de higos de las higueras de la finca y no me he comido ni uno. Ahí andan. Secándose alegremente para que Karlos haga panes, o pasteles, o helicópteros, o lo que quiera que pueda hacer uno con tanto higo. Y eso mi suegra no lo va a llevar nada, naaaaaada bien. Porque ella no suelta comida y ya. Ella pasa lista. Tú le dices “Hola, buenos días ¿qué tal…?” y ella lanza. “¿Te comiste las berenjenas?” “¿Habéis terminado el caldo?” “¿Se os han acabado ya las rosquillas?” “¿Estaba muy salado el jamón?” “¿Habéis descongelado el bacalao?” “¿Estaban muy tiernos los boquerones?” Y tú en ese momento tragas saliva, improvisas como un campeón y respondes: “sí-sí-no-no-sí y sssss..í?” y ella brama “¡¡¡¿¿¿¿QUÉEEEEEE???!!! ¡¡¡¿¿¿QUE NO TE HAS COMIDO LAS ROSQUILLAS???!!!”

Y ahí es cuando ya tú te preparas para morir.