Amor

Andamos pendientes de la adaptación de Pedro a su nuevo colegio. A todas horas y sin bajar la guardia. Un día Karlos, otro día yo, aunque yo menos porque ahora mismo estoy sin coche y sin moto y un superespía en metro, como que no es superespía ni es ná. Aparentemente la cosa va genial. Se esfuerza sobremanera en el logopeda y ya ha empezado a ensayar lo de hablar con nosotros sin usar lengua de signos. Creo que le gusta la niña sorda de su clase. No sé por qué. Por detalles sutiles. Por ejemplo, ha dejado de vestir de negro y gris. Nos pidió si le podíamos comprar unos pantalones vaqueros azules, y se puso todo contento cuando añadimos al lote camisetas chulas y unas converse. De «zapatillas sin velcro» a converse. Es una mejora. Y a eso añado que accedió por fin a ir a una peluquería a cortarse el pelo. Corte de pelo + necesidad de hablar + ropa molona = me gusta una chica. Sale todos los días con ella de clase y… no sabría decirte por qué, pero lo veo. Veo que quiere cambiar por ella. Recuerdo aquella escena de «Peor Imposible» cuando Jack Nicholson le dice a Helen Hunt «quiero ser mejor para ti.» Es bonita ¿no? De verdad te lo digo; el amor salva el mundo. En serio. Ni el dinero, ni el odio, ni nada. Todo en esta puta vida se mueve por amor. Todo.

Consuela un poco pensarlo. Es como ese agujero en la pared de la más oscura cueva, por el que entra un hilo de sol.