Uno

Se ha ido Karlos a Kabul. Cuatro o cinco días. O seis. O mil. Sin peligro. O con peligro de volver en tres trozos. Se ha ido Karlos a Kabul como se va siempre. En un sí pero no, pero quizá, pero puede. Y como mi tiroides está de alegría y yipi-yey, voy a pensar que sí. Que vale. Que se ha ido por cuatro días, que solo desembarcará, soltará a sus cachorros, dará cuatro instrucciones y volverá para el sábado silbando la BSO de Le Llamaban Trinidad y diciendo que necesita cuatro duchas. ¿Y mientras? pues mientras a rallar mis tristezas en el diario risqui-rasca cada día que sume. Mola ¿no? cuando estoy así, que mitad risa, que mitad llanto, que mitad “oh qué maravillosa vida de mierda no me mires hazme caso te amo maldito”, no me aguanto ni yo.

Mi moto está en la enfermería y mi coche en el cirujano plástico. Estos días tengo que llevar el Toyota de Karlos y lo estoy pasando reputas. Odio ese coche, de verdad. Es muy grande y sofisticado, y yo muy pequeño y muy simple. Tengo un Dacia. Imagina. Un Dacia. A mi panel de mandos solo le faltan manivelas. Y claro, me encuentro el del Toyota, todo lleno de chiribitas y entro en coma cerebral. Y entrar en coma cerebral a 100km/h. por la A6 es cantidad de angustioso, así que cada vez que lo cojo para llevar a los juniors al colegio, voy rezando para que no llueva y tenga que utilizar algo que no sean los intermitentes de izquierda y derecha. Karlos lo sabe. Me ha dejado una nota en la guantera diciendo “Tranquilo con las columnas. Seguro a todo riesgo.”

Lástima no haberlo visto antes. Le habría dejado otra en la mochila diciendo “¿Las columnas? JA.”