Blancos

Desde las 18:00h. de ayer sin ningún dolor. Siento unas tremendas ganas de poner al mundo en fila india e ir uno por uno, repartiendo besos. Cuando no me duele nada, se me olvida por completo lo maravilloso que es. Y hasta me lamento por gilipolleces, como mancharme de café o quedarme sin tinta en el rotring. La maldita perspectiva. Qué importante es y qué poquita tenemos siempre.

Karlos me compró un reloj de cocina gigante y blanco, para que recordara tomarme las pastillas por la mañana. Me lo colocó en uno de los estantes, a la altura de los ojos y al lado de los desayunos. Yo y mis pastillas somos un festival, porque tengo que tomarlas con el estómago vacío y 30′ antes de llenarlo y he demostrado con creces mi incapacidad para llevar a cabo una gilipollez tan simple como esa. Soy cortito, disperso y compulsivo. Para cuando recuerdo la pastilla, ya tengo la boca llena de bizcocho, o estoy bebiendo leche a morro. Me levanto con hambre como para comerme a mi madre. Si en mi campo visual tengo un bizcocho y una caja de pastillas, no hace falta ser ingeniero para deducir cuál de las dos cosas va a ignorar mi cerebro. Así que Karlos me ha puesto un reloj gigante para que haga asociación de ideas y me olvide del bizcocho. Lo bueno: que ha funcionado. Lo malo: que el reloj no tiene cristal y lo he llenado de dinosaurios, monigotes, estrellas y churiburris varios y ahora ya, parece de todo menos un reloj. Karlos dice “¿no puedes dejar que en el mundo exista algo blanco?”

Pues… no.