Hormonas

Ayer por la tarde descargué de la web del laboratorio mis análisis hormonales. Eran como una verbena. Todo rojos. Todo flechas hacia arriba. Todo flechas hacia abajo. De los 12 ó 14 resultados estaban bien 2. El resto era un festival. Me cagué. Los imprimí, los doblé con cuidadito y los guardé en el fondo de la mochila, para llevárselos hoy al médico. Intenté callárselo a Karlos para evitar que se agobiara otra vez, pero algo debió notarme, porque me preguntó por ellos. Es lo malo de los que hablamos demasiado. Que cuando nos callamos, todo el mundo alrededor sabe que algo raro pasa. No quise mentir a Karlos y le dije la verdad. “No parecen buenos, está todo en rojo. Me debe estar fallando otra vez la hipófisis.” Le dije de comparar los resultados en google y se negó. Me dijo de llamar a mi suegra y me negué yo. Al final nos decidimos por el pelillos-to-the-sea. “No alarmemos. Ni los saques. Mañana ya hablará el médico.” Y así nos acostamos los dos. Agarrados como dos monitos, y dándole vueltas al coco sobre los pros y los contras de que se hubiera vuelto a reproducir el tumor. De que fuera uno nuevo. De que yo que sé que sé yo, que fuera. De que vaya mierda todo.

Esta mañana se los he llevado al médico. Y él los ha mirado y ha dicho: “Pues estás perfecto. Eres de buena calidad.” Yo, desde mis ojos de lemur, he dicho “¿Buena calidad? ¡pero si está todo en rojo!” y él ha contestado: “Ah, no… Pero eso es porque han debido pensar que Ariel era nombre de chica y te han puesto los baremos de mujer. Pero según los de hombre está todo perfecto.”

Y así, queridos amiguitos, es como se descubre el verdadero significado de la frase “encima de puta, apaleá.”

Los gritos de mecagoendiosyensuputamadre de Karlos se han oído en algunos pueblos del altiplano andino.