Asesino

Tengo que sacrificar a Asesino. Empezaron a fallarle las patas traseras a finales de la semana pasada, pero mi suegra no quiso decirnos nada, para no amargarnos el viaje. Porque me conoce y sabe que yo hubiera vuelto. Y Karlos lo sabe. Y hasta el chino de las pipas sabe que yo hubiera vuelto, en avión, andando o a nado. Desde Islandia o desde Tombuctú.

El lunes empezó a inclinar la cabeza y perder el equilibrio, igual que aquel perro Pucho que se me murió de un tumor cerebral, y desde el martes, ha dejado de controlar los esfínteres y llora y respira como un fuelle. Le han hecho pruebas y repruebas y nos han dicho que debió sufrir una meningitis bacteriana genética que le afectó al cerebro y a la médula espinal. Hemos paliado lo que hemos podido a base de inyecciones, antiinflamatorios, y baños calientes de noche y de día, pero esta mañana la veterinaria, en un careo de cruda sinceridad, nos ha expuesto el tema limpio como una cuchillada. Nuestro plan de ponerle un carrito y dejarle seguir viviendo no es factible. Le empiezan a fallar los riñones y en pocas semanas, el dolor será terrible. Y ya lo único que quedará será una escalada de parálisis hasta que prácticamente se nos muera de asfixia. “Con tratamiento, podría vivir unos meses.” “¿En qué condiciones?” “Muy regulares.” “¿Tú que nos aconsejas?” “Si fuera mi perro, lo sacrificaría.”

Pues vale. Pues no queda mucho más que plantearse.

Ya he pasado por esto. Sé lo que viene. Darle vueltas al coco y llorar como si no fueras un hombre. También sé que solo los que tienen mascota podrán leer esto y entenderme. Ahora mismo, como puto cobarde que soy, me consuela pensar que Karlos se ocupará de todo. De llevarlo mañana. De recoger su correa y sus cosas. De explicárselo a los dos niños.

Es lo bueno de las maquinarias bien medidas. Que cuando una rueda falla, siempre hay otra que puede seguir tirando.