El vil metal

Escribo un post diario. Uno diario, en serio. Con las chorradas de cada día. Lo que pasa es que de todos apenas un 50% ve la luz. Los acumulo. Me pongo a hacer cosas en casa y se me pasa la hora, se me olvida revisarlos, no me da tiempo a dibujarlos el monigote y blablabla… Luego, cuando los retomo, ya no los encuentro interesantes. Son como galletas que llevaran demasiado tiempo hechas y me supieran rancias. Los guardo en una carpeta que se llama “POST_RANCIOS.”Un día de estos haré un triple mortal y los publicaré todos seguidos. Para desconcertarte. Que me gusta a mí desconcertarte, fíjate.

Hoy mi compañero nuevo de aspecto psicópata y yo estábamos sentados en el split del aire acondicionado (que también es calefacción), justo encima del cartel NO SENTARSE EN EL SPLIT DE AIRE ACONDICIONADO (QUE TAMBIÉN ES CALEFACCIÓN), tomándonos un café con el culo calentito, cuando al ir a incorporarme se me han caído las monedas del bolsillo. En total, 0,60€, de los cuales he recuperado 0,50 y el 0,10€ restante se ha caído por las rendijas del split. A partir de ahí hemos montado la de Dios, yo y mi compañero, mi compañero y yo. Hemos metido tijeras, una regla, unas pajitas de refresco ensartadas, un folio doblado… Hemos metido todo y nada ha servido. Ahí se ha quedado mi moneda de 0.10€ nuevecita y brillante, entre muchas otras monedas desconocidas, perdidas del mismo modo. Cuando llevábamos un buen rato trinca que te tranca, ha aparecido el jefe de mantenimiento. Me ha pillado con las tijeras risqui-rasca dentro del split, así que no me ha quedado más remedio que confesar. “Se me ha caído una moneda de 1€ dentro…” “¿Estabáis sentados?” “¿Nosotros sentad…? ¡por supuesto que no! ha sido al sacarla, que la he lanzado sin querer y…” Mi compañero ha parpadeado un poco, pero no ha dicho nada. Ni de la trola, ni de lo de sacarme 0.90€ por la gorra. El jefe ha llamado al operario. “Baja, que se le ha caído a un chico una moneda en el split, a ver si puedes recuperarla con el aspirador.” Luego ha subido el operario. “¿Cuánto se te ha caído?” “Pues  no sé, se me han caído varias… en total creo que unos 2 ó 3€.”  Mi compañero ha seguido sin decir nada. Solo un leve rubor en las orejas y cierto rictus de pasmo. “Tengo que desatornillar la chapa.” “Muchas gracias, de verdad, se lo agradezco…” Mientras el hombre operaba, mi compañero me daba pataditas. Yo empezaba a angustiarme. Solo un poco, porque en realidad había visto resplandecer mucha pasta ahí dentro al ahuecar la chapa. Lo menos tres euros. O cuatro.  O trescientos.  ¡¡¡O mil!!!

Pero no. Ni 3, ni 4, ni 300, ni mil. Mi moneda de 0.10€, otra de 0.20€ y tres monedas de 5 céntimos. Y una última de 25 ptas. cubierta de roña que debía llevar ahí dentro desde 1982. El operario me la ha tendido con cara de nada. “¿También es tuya?” La he trincado como un tití cogiendo un cacahuete. “Sí. Mía. Seguro.”

Es lo que bueno que tenemos los muertos de hambre. Que estamos libres del peso de la dignidad.