Ingalls en tres actos

Apuntes de los últimos días en plan pafpafpaf para evitar mi dispersión mental:

One
Ayer despedimos a Atchús en el aeropuerto. Karlos utilizó el dinero que normalmente dona al comedor social de las monjas en Navidad, para regalarle un billete de avión y que pudiera ir a ver a su mujer y a su hijo. Todo el asunto resultó tremendamente emotivo. Atchús le dijo que se lo devolvería con horas extras de ayuda en el jardín y Karlos se negó en redondo. “Nononono… Present. Present for you.” Nunca he visto llorar tanto a un negro tan grande. Por la noche, recordándolo, Karlos me dijo “Vamos a tener que contratar un cuarteto de cuerda para determinados momentos, porque cada vez nos parecemos más a un telefilm Disney.” Me reí mucho con eso. Atchús le llevó a su mujer un pintalabios y un vestido de Zara y a su hijo pequeño unas zapatillas deportivas y un roscón de reyes. Nosotros le compramos unos coches de juguete para que se los llevara de nuestra parte. Todo me pareció muy significativo. Sea Navidad o sea San Patricio, en el primer mundo seguimos preocupándonos por cosas que no son las que importan. Cada vez lo tengo más claro.

Two
También ayer, tuvimos la función de Navidad de Pedro. Igualmente, también fue un gran acontecimiento, porque era la primera vez en su vida que participaba en algo con compañeros de clase, que no conllevara recibir hostias. Pasó dos semanas ensayando compulsivamente las cuatro palabras de su papel de mercader: “Mira-barato-compre-señor.” A todas horas. Mañana, tarde y noche. Mirabaratocompreseñor… mirabaratocompreseñor… mirabaratocompreseñor… Nos faltó el pelo de un calvo para no terminar todos con un tic en la ceja de tanto mirabaratocompreseñor. Pero sobrevivimos al ensayo full-time, y mi cuñada le cosió un distraz de mercader de flipar. Al llegar el día D, estaba muy emocionado y nervioso. Tanto que en cuanto Karlos, Simón y yo llegamos al salón de actos del colegio y él se asomó por entre el telón y nos vió, se puso a llorar en un rincón y dijo que no actuaba. No sé qué se le pasaría por la cabeza. Creo que al vernos se sintió arropado y se bloqueó. Ya lo he dicho otras veces, el pobre Pedro no sabe aún administrar muy bien sus emociones. Afortunadamente, la sangre no llegó al río falso de celofán. Karlos se metió con él en el baño, le tranquilizó, le lavó la cara, le repintó su barba de mercader y le dijo “imagínate que estás en el salón de casa y que haces la función para nosotros, como cuando ensayábamos.” Funcionó. Actuó, dijo sus cuatro palabras, le aplaudimos hasta que nos dolieron las manos (con un Simo espídico gritando vivas como si en vez de una función escolar estuviera asistiendo a los Golden Globe Awards) y terminamos el trago muy dignamente. Cuando volvíamos en el coche me estuve fijando en la expresión de Pedro. Iba sonriente y parecía relajado y satisfecho. Ok, chaval. Pues bache superado. A por el siguiente.

Three
Tenemos la carta de Reyes de Simón. Pedro consiguió que la escribiera otra vez. Tal y como lo esperábamos, es una puta locura. Una puta locura generosa, eso sí (lo siento, hoy voy de Ingallspost) porque ha pedido una caja de pinturas para él y 258 cosas para nosotros. Pero no cosas normales que uno pueda comprar en una tienda de seres humanos del planeta tierra, no… cosas al estilo Simón. Unas botas con luz para que yo baje la basura… un gorro de rayos para Matraka… una pala gigante para Karlos… una manta de hojas que no se despeguen para Birra… Cosas que seguramente tendrán su significado en su cabeza pero que a nosotros nos deja con perpetua cara de chimpancé resolviendo un logaritmo neperiano. Tenemos hasta el día 5 de Enero para conseguir ese saco de surrealismo. Y ahí andamos. Entre tiendas, contenedores, inventos, trampas e imaginación.

¿Qué? ¿que no vamos a conseguirlo? Vaya que no. Para eso somos reyes y somos magos, qué coño.