Pesadillas

He visto una foto en el blog de Arponauta que me ha despertado terrores infantiles. No por la foto en sí. La imagen es preciosa. Pero me trae a la memoria pesadillas recurrentes de cuando era niño. Creo que ya lo escribí algún día, en algún sitio, en algún momento (si no hablara tanto, recordaría cuál). Cuando era pequeño, y hasta bien entrada la pubertad, siempre tenía el mismo sueño. Que nadaba en lagos de aguas sucias y que por debajo de mí podía vislumbrar restos de chatarras y basuras amontonadas en el fondo. Y cuánto más braceaba y luchaba por llegar a la orilla, más y más me iba hundiendo y más cerca iba viendo la chatarra del fondo, esperándome en una especie de telaraña metálica de somieres, carros de compra, ruedas, armazones… Durante mucho tiempo pensé que podía ser algún tipo de trauma idiota por el accidente que sufrió mi hermano en la poza del molino, pero con el tiempo las pesadillas se sofisticaban. Ya no solo era la chatarra, sino manchas de alquitrán, restos de caballos muertos, bolsas negras, olores ácidos… Como si cada mierda que lastrara mi vida se fuera incorporando poco a poco en forma de simbolismo absurdo a una misma pesadilla. Cuando años después me regalaron la película de Léolo, tuve que apagar la televisión para no ver la escena en la que su padre le ata una cuerda en la cintura para que bucee en el malecón en busca de chatarra. Y fíjate que han pasado años y cosas, y que ya vengo a ser un chico normal con mis mases y mis menos y mis locuras controladas… pues nada. Veo la melancólica foto del carrito hundido bajo el agua y se me eriza la espina dorsal. Y siento como que me toca respirar hondo.

¿Te das cuenta? Hay miedos que no se archivan nunca.