Ojalá que te vaya bonito

Creí que era mi amigo. No sé ahora por qué. Quizá pensé que nuestro pasado entrelazado nos había definido así. Me equivoqué. Amigos hay pocos. Quizá uno o dos. Más frecuentemente, ninguno. Conocidos sí, claro. Los conocidos nos rodean. Reímos con ellos, salimos, interactuamos, nos mandamos whatsaps, nos tuiteamos, compartimos el facebook, nos fotografiamos juntos… Y cuando ponemos un pie de foto, escribimos “Aquí, con unos amigos.” Pero no. Amigos hay pocos. Uno, dos, ninguno. No sé cuántos tengo yo. Ahora supongo que solo Jon. Pero de verdad que hasta ayer pensé que él también lo era. Sigo sin saber por qué. Por qué seguía acudiendo a su voz cuando me sentía mal. Quizá porque le creía. Siempre le creí. Me ayudaba creerle. Pensaba que teníamos conexiones que no se romperían nunca. Puedo ser realista e iluso con la misma mano. Me odio por eso. Qué estúpido. Incluso a pesar de la pista inconfundible de que lo nuestro nunca fue una carretera de doble dirección. Quizá hace muchos años. El tiempo lo sedimenta todo. Uno tiene que tener la voluntad real de coger pico y machete y y mantener limpio el camino que nos une a las personas de ayer. Yo lo hice con él. Él conmigo no. Supongo que no lo vió como una necesidad vital.

Lo peor de todo es que nisiquiera puedo sentirme estafado. No puedo sacudir la cabeza y decir “qué decepción.” Porque soy consciente que las expectativas que nos hacemos de las personas nunca son responsabilidad de esas personas, sino nuestras. Así que tampoco es que me quede mucho por hacer. Solo darme con la cabeza contra el espejo y escribir este post.