El runrún

Estoy un poco agotado mentalmente. La verdad es que no es un buen día en absoluto para que me duela la cabeza.

Pedro se ha angustiado. Me ha preguntado dónde estaban sus padres. “Nosotros somos tus padres.” “No, los otros. Mis otros padres. Si vienen a por mí, vosotros no me devolveréis ¿verdad?” He debido de poner cara de lemur. La madre de Pedro murió hace poco y su padre está desaparecido, pero él no lo sabe. Los años que pasó con ellos, los recuerda mucho más vívidos que las pocas acogidas que tuvo y que apenas duraron un par de semanas. Los tutores fugaces que no lograron hacerse con él son difusos en su memoria, pero sus padres no. Sus padres están ahí. Todos los años jodidos que pasara con ellos están ahí. Nunca hemos querido remover esos lodos. Y ahora, de repente, tiene miedo. Creemos que es por María. No sé a qué deducciones llega en su complejo mecanismo mental. Quizá ve nuestra familia como un sistema de plazas, y piensa que el hecho de que llegue una niña nueva, supondrá que tenga que irse otro. Sea como fuere, su angustia me parte un poco el corazón. Sobre todo porque me demuestra que ahora es feliz. Que está bien. Que no quiere perder el sitio que ha logrado encontrar. Y me trae sensaciones jodidas que no quiero recordar. Jon se ha metido con él en su cuarto para hablar. Llevan casi hora y media debatiendo en voz baja. Jon siempre soluciona este tipo de emergencias. Pedro le admira. Y sobre todo, le cree. Si Jon le dice que no debe preocuparse, Pedro no se preocupará. No puedo culparle. Yo no tengo asperger y me pasa exactamente lo mismo.  No sé qué tienen sus “todo irá bien” que te apaciguan a la primera y sin necesidad de más.

Hemos decidido ir a ver a María. Pero no solos. Iremos con ellos. Con los dos. Todavía no hemos tomado ninguna decisión, pero quizá ese paso nos ayude a hacerlo.

No. No es un buen día para que me duela la cabeza.