Chigulichiguliaeh

Ha ido todo de puta madre. ¿Ves? te lo dije. Y tú sin hacerme caso con que se iba a poner nerviosa, con que iba a llorar, con que igual no estábamos preparados… María PASA DEL UNIVERSO. Fíjate, en eso se parece a su padre de acogida preadoptiva. Al vasco, no al morosicilianomadrileño. Al morosicilianomadrileño no se parece ni un pelín. Porque ha ido a buscarla a la casa cuna igual que si hubiera ido a cazar un tyranosaurio rex con una escopeta  de balines. Tieso como un palo y con los huevos por corbata. Pero mira, todo estupendo. Para empezar se acordaba de mí. Fuí muy pesadito enseñándole perros el último día. Qué se yo. De pronto me dió por pensar que lo mismo le daban miedo y que entonces aquello sería como la batalla de las Termópilas. Mi casa está diseñada para que los animales hagan lo que les salga de la minga dominga. Hay gateras en todas las puertas, hay casetas de dormir en la entrada, hay cojines por el pasillo, hay rascadores y estanterías trepagatos por las paredes del salón, hay cotorros que salen a pasear por la lámpara del comedor… Todo ese caos animal no se llevaría nada bien con un niño aterrorizado gritando quítamelo-quítamelo. Y sí. Hay niños así, que yo los he visto. Y más de uno en el parque ha montado todo un festival solo porque Birra (que es la perra más diminuta y pacífica de este universo y parte del siguiente) se acercara a más de 3m. a olerle la zapatilla de lejos. Pero ha habido suerte y María no es así. María lo goza. “Babauuuuuh”… el perro. “Babauuuuh”… el gato. “Babauuuuh”…la chinchilla. “Babauuuuh…la equidna de Tasmania del zoo de Melbourne(*).” Para ella todo lo que tenga cuatro patas y se mueva es “babauuuh.” Y me ha caído simpática con eso, qué quieres. Verla ahí con todo ese culazo lleno de pañales persiguiendo gatos, con un Jon descogorciado por tener que llevarla cogida de las manos. Ni un miedo. Ni una extrañeza. Ni un “oh-dios-mío-qué-hago-aquí” o un “oh-ángelamari-quién-es-este-ogro-gigante-que-dice-hostia.” Nos lo hemos pasado pipa. Han merecido la pena las 4 horas que hemos tardado en montar la puta sillita de bebés en el asiento del coche. Bueno, sí, vale. Exagero. No han sido 4 horas. Quizá 3:55h. Pero qué divertido todo lo demás. Un no parar. Y ella toda contenta. Toda palmas. Toda babauh. Toda cantante. “Chigulichigulichiguliaeeeeh…” Nos han dicho que es porque le encanta oír su propia voz y se autocanta. Nos flipa. Una niña que se autocanta y que persigue gatos. No me digas que no está hecha para mí. Para nosotros. Para la tribu.

Hoy ha sido fácil. Correr, maríamiraelgatito… maríamiraelpajarito… maríamiramilumbalgia… (para cuando ya camine sola habrá que ponerle unos tirantes y enganchárselos a algo para asegurarnos de que vuelva) bañarla, chigulichiguli chipi-chapa-tomajabonazo, cenar, quedarse dormida a media tortilla, meterla en la cuna Y  YA. Simón implicadísimo “DÉJAMEAMÍYOPUEDODÉJAMEAMÍ” y Pedro mirándola a metros de distancia (y acortándolos a medida que iba cayendo la tarde). “Es que estoy vigilando.” Pues ea. Vigila, vigila.

Ha sido fácil y estamos agotados. Verás qué bonito cuando no lo sea.

(*)Es un decir. Nisiquiera sé si hay zoo en Melbourne.