Kir-kir y la cárcel de Yeserías

Perdóname por no estar ayer. No pude. Pero oye, si te consuela te diré que en todos los sitios donde estuve, me comporté como un capullo malhumorado y gruñón al que hubiera habido que hacer un plif-plaf en el cogote. No suelo ser así. De verdad. Es que tuve mucho dolor, desde la mañana hasta la noche. Tanto que se me olvidó que no era culpa de nadie. El fisiogorila me recolocó las vértebras cervicales dañadas y me dejó talmente como el coyote del correcaminos, cuando salía del agujero del barranco. Movía un brazo y me dolía. Intentaba sentarme, y me dolía. Hablaba y me dolía. Cerraba un ojo y me dolía. Una mariposa batía las alas en Tokio y me dolía. Un día completo de duele-duele-duele-duele. Y todo eso aderezado con la borrachera cervical de los vértigos, las naúseas, la falta de equilibrio… En fin. Que fuí una compañía encantadora. Como para meterme en la habitación del pánico y cerrarme con cuatro llaves hasta el próximo deshielo.

Hoy he ido mejor. El gorila me ha dejado descansar y en vez de masaje me ha dado ultrasonido, que aprieta menos y no hace que te caigan dos lagrimones de esa carita de buñuelo espachurradita que asomas por el agujero de la camilla. Me ha avisado de que mañana me volvería a recolocar y, por ende, a joder. “Si el dolor es insoportable, puedes gritar ¿eh?” Ya. Bueno. Lo sé. Pero yo no grito, señor asesino vertebral. Nunca delante de desconocidos. Tengo mucho sentido de la vergüenza. Resoplo un poco. Eso sí. Una especie de ¡mpffffs! pedorrero que más parecen gases que sufrimiento. Ya ves. Me temo que soy un firme defensor de la dignidad en la derrota.

María está yendo a la guardería. Tres horas diarias. Y es superfeliz. Tan feliz que roba coches de juguete. En serio. Todos los días sacamos entre dos y tres coches con el nombre de otros niños, de su bolsa de juguetes. No sabemos cuándo los mete. Mi suegra, que suele ser quien la recoge, dice “es como Houdini. Miras y no están y cuando llegas a casa, están.” Nos gustaría enfadarnos, pero tener una choriza  Houdini de 18 meses nos tiene bastante fascinados, la verdad. Así que por ahora nos limitamos a devolverlos de siete en siete, cuando las cuidadoras no miran, metiéndolos en el montoncito de juguetes anónimos con una patadita ¡pif! (contando encima que entre las cuidadoras está mi cuñada hippyloca, que trabaja allí y es la que nos recomendó).

¿Lo bueno? que solo roba cochecitos y camiones y ruedan facilito.
¿Lo malo? que son cochecitos y camiones para bebés y no se limitan a rodar, sino a sonar plínquili-plínquili-plínquili con lucecitas y chimpunes, con lo cual cualquier día nos pillan y tenemos que confesar al universo que tenemos un bebé quinqui.