Apuntes de María

María adora a Jon. No sabemos del todo por qué. Creemos que porque es grande y poderoso y la sube en sus hombros para que vaya viendo el mundo cuando salimos a pasear. O quizá porque cuando vienen los asistentes sociales de control, la mantiene en sus brazos, a salvo, en ese “otro lado”, donde nadie huele a naftalina y alcohol de desinfectar. O simplemente porque fue un vínculo que surgió aquel primer día que la sacó de la cuna del centro de acogida y le dijo “Ya, María, ya…” No, realmente no sabemos por qué es. Pero María adora a Jon. Cuando le ve es fiesta-fiesta-fiesta. Levanta los brazos, sonríe con sus dientes estrenaditos y da pequeños saltitos hey-hey-hey. Y si está jugando con el pulpo o con el camión, todo lo suelta por los aires trinca-trancla para poder correr hasta sus piernas. Porque ha visto a Jon y ya NADA IMPORTA. María adora a Jon y Jon le corresponde. Su niña, su grillo, su kir-kir. Todas las noches, después del baño y la cena, se la coloca sobre el pecho y se tumba en el sofá. Y ella le canta, aplastada la mejilla contra su camiseta, el pulpo en una mano, y la otra tocando la mejilla rasposa de este papá, que ella no entiende dónde demonios se había metido hasta hoy. “Aaaaaaehaaaaaehaaaaeh…” Así se queda dormida. Cantándole, como un sioux pequeñito. En nada. Dos minutos. Tres. Plácida, desmanejada y feliz. Subiendo y bajando sobre la respiración de Jon. Al mecer del pumpún de su pecho.

Para crear vínculos no necesitamos herencia de sangre, ni el peso de años transcurridos, ni complicados ritos ancestrales. Simplemente, uno se levanta una mañana, mira a su lado, alguien le sonríe… y zas. Ahí están. Como la mata de judías mágicas de Jack. Creciendo y enroscándose firme en una sola noche.

Es un consuelo para todos los que estuvimos, estamos o estaremos solos en algún momento.