Penúltimo vuelo

Han venido los compañeros de rugby de Jon. Están ahora mismo en el salón, viendo el partido, bebiendo cerveza y gritando “no tienes ni puta idea cabrón-no tienes ni puta idea.” No sé quién no tiene ni puta idea. Creo que Sergio Ramos, pero no me estoy arrimando tanto como para averiguarlo. De hecho, hasta que termine el partido seguiré aquí metido en mi buhardilla, haciendo cosas de fraggle, como siempre. No tengo nada en contra de ellos. Son sanotes, divertidos y simpáticos. Pero estar a su lado es como darme al botón de minimizar, y ya tengo bastante complejo de mierdecilla yo solito.

Mañana es mi última sesión de fisioterapia. No-veo-el-puto-momento-de-que-llegue. Me he dado cuenta de que la gente cuando se despide, suele llevar pastelitos, saladitos o bombones, en plan “para celebrar el último día” con el resto de compañeros. Supongo que porque a base de ver las mismas caras durante meses, acaban haciendo semiamistad entre ellos. Yo no pienso llevar nada. Mi propio culo, para después poder sacarlo de allí para siempre. Soy el grinch de la rehabilitación. No hablo, no escucho, no cuentos cosas de mí, no hago chistes, no sonrío y no me relaciono con nadie. El otro día vino Jon desde el trabajo para darme las llaves del coche porque se las había llevado por error y todos me miraron de hito en hito como esperando que les contara quién era el tipo gigante del uniforme militar. No dije ni puñeta. Sonreí a Jon, recibí su frusfrús de pelo, guardé las llaves y volví a hundirme en el libro. A saber lo que pensarán de mí. A lo mejor que soy de algún cuerpo militar de misiones especiales que requiera tener zapatillas rojas y pelos absurdos.

Lo único que voy a echar de menos es lo de poder leer durante una hora sin que nada me moleste. Gracias a estas 20 sesiones, he podido terminarme el libro de Murakami, el de Molinero, y empezar uno de Amos Oz. Yo necesito leer. Cada vez que no puedo hacerlo, me doy cuenta. Todos los que pensamos demasiado, necesitamos leer. Es la única forma que tenemos de salir de nuestra cabeza y nuestros pies. De volar un poquito por ahí, fuera de todo este follón y de esta vida tan cuadrada, tan planificada y tan llena de márgenes.