Nicolás

Encontrarme otra vez con Nicolás al transcribir los diarios está siendo un poco agotador. Queda perfecto con lo de estar empollando para el examen de Motivación y Emoción del día 12. Menos mal que ahora mismo no tenemos luna. Si llego a combinarlo con un plenilunio, igual terminaba desnudo, llorando y tocando el tambor en el tejado. Uno piensa que lleva encima con honor todos sus lastres hasta que de repente es consciente de que están ahí y entonces…bumbarrabúm. A rodar. Jon dice que es positivo. Que es una gran oportunidad para mí en dos sentidos. El de escribir y el de soltar peso muerto. Tiene razón. Aún así preferiría tener más libertad y escribir por las mañanas. Soy lúcido por las mañanas. Por las noches, regurgitado de la jornada laboral y universitaria soy como un holograma de mí mismo y no paro de mirar hacia atrás y de hacerme preguntas idiotas. Hoy me ha dado por pensar si no podría haber hecho algo más por mi padre. No porque se lo mereceriera o dejara de merecérselo. Simplemente porque yo era su única y última oportunidad. El último alféizar al que podía agarrarse antes de irse al carajo. En aquel momento no me lo planteé. Y no siento ni la más mínima sombra de culpabilidad, pero sí que me lo pregunto de una forma aséptica. ¿Podría haber hecho algo más por él en aquellos últimos momentos? El asistente social me dijo “si no vas a verle, en el futuro te arrepentirás.” Buff… el arrepentimiento, la moral, la culpa… Mierdas católicas. No me arrepiento de casi nada, por no decir de nada. Y no por soberbia, sino por sentido práctico. Necesito mis errores y mis meteduras de pata. Me sirven para rectificar el camino y bordear los baches. Cuanto más errores dejo a la espalda, menos cometeré al frente. Lo tengo claro.

Jon y María están jugando al cucutrás en la cuna. La oigo desmondongarse de risa desde aquí. Mientras, aquí ando. Haciendo disertaciones filosóficas idiotas y mirando fotos de mi padre. De cuando era guapo y sonreía con todos los dientes en su sitio. De cuando algo le importaba todavía.