Ya

Ya está. Ya no estudio más. Me quedan un par de días para el primer examen, pero lo que estudie ya no hará más que amontonárseme en las meninges, así que… finitto y hasta aquí. Ahora a ver si soy capaz de aprobar algo. Todo, ni de coña. Pero qué se yo… una o dos estaría bien. Sería bastante para celebrarlo. Para hacer un barreño de sangría y bebérnoslo a la luz de la luna, o algo así.
Jokin se ha venido a vivir a la colonia. Con Gustavo. La relación tira hacia delante con el viento de espaldas. Han alquilado una casa pequeña unas cuantas manzanas más allá, así que ya somos casi vecinos. Me mola mucho tenerlos allí. No soy un chico de muchos amigos, así que cuando tengo alguno, lo atesoro como si fuera una canica de colores. Es la ventaja que tenemos los asociales. Que de nuestro cariño, cuando lo hay, sí que te puedes fiar. De vez en cuando, por la noche, mientras Jon está acostando a Kir-kir, Simón y yo cogemos los patinetes y nos acercamos hasta su casa para decirles cualquier gilipollez. Que ponen una película buena, que Simón ha marcado un gol, que se ha puesto el sol en Dinamarca… Supongo que en algún momento empezarán a estar hasta la polla de nosotros dos, pero por ahora no se les nota en absoluto. Al contrario. Nos reciben con sonrisas y refrescos, y nos despiden con hastamañanas. Es muy chungo lo de despedir a un pesadito con un hastamañana. Siempre nos los tomamos como algo literal.

Jokin y Gustavo tienen un perro que se llama Curro, que es más feo que un botijo segoviano, el pobre. Tiene la cabeza diminuta, ojos de rana, cuerpo con forma de mortadela y un rabo despeluchado, enroscado en espiral. A su lado, Birra es Beyoncé. No digo más. Curro siempre nos acompaña medio trayecto de patinete ladrando a nuestro lado y dando saltos con su extraño cuerpo tubular, como si lo de rodar calle abajo por la noche fuera la rehostia de la diversión, así que intuímos que no es un perro que haya vivido precisamente muchas emociones. Simón está empeñado en que Jon se lo lleve alguna mañana junto con los nuestros cuando sale a entrenar, para que se divierta y vea algo de mundo. Yo no tengo tan claro que sea una buena idea. Ya tiene casi diez años y está gordo como un salchichón (el perro, no Jon). Mucho me temo que una experiencia como esa pueda terminar convirtiéndolo del todo en fiambre. Y convendrás conmigo en que no queda precisamente bien eso de devolverles a los vecinos su perro muerto, como regalo de bienvenida y buen rollito.

Me voy a cenar. Que sepas que sigo siendo superbueno. Dos kilos ganados. DOS. UNO MÁS UNO. DOS.