Nuestra casa sobrante

He repasado para el examen del lunes. No debería repasar para el examen del lunes. No debería repasar para NADA porque soy disperso y me acabo haciendo un barullo mental de puñetas. De hecho, soy el Nepomuk que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero es que los compañeros escritopensadores compulsivos del examen del miércoles me han hecho dudar de mi capacidad para aprobar una mierda de este último semestre. Y entre insultarme en el espejo o ponerme a repasar, he optado por lo segundo. Alegría, alegría y pan de Madagascar. Desde luego, nadie podrá decir que no he muerto luchando.

He estado mirando fotos de la casa de los mil cuartos, que ha alquilado Jon K. para estas vacaciones de julio. Independientemente de que tengamos una cantida de dormitorios absurda para los cuatro gatos que somos, la verdad es que entiendo un poco que Jon se enamorara de ella a primera vista. El sitio es increíble. Árboles frutales, faldas de montaña, gargantas con arroyos cristalinos, piscinas naturales, sendas de bicicleta que unen unos pueblos con otros…Una pasada. Creo que no voy a echar de menos el mar. Ni la arena. Ni los paseos marítimos. Ni los putos chiringuitos de platos combinados. Ni la humedad pegada al culo. Creo que en la casa de los mil cuartos voy a pasar un julio muuuuuuuy feliz. Y Pedro. Y Simón. Y María. Y Canuto. Y LA CHINCHILLA.No, los gatos no. No muevo a los gatos. Los gatos no se sacan de su entorno. Es la norma nº 1 del decálogo para ser un dueño gatuno competente (la 2 es no ponerles cascabelitos ni polladas al cuello, que no son peluches guardacamisones, jomíopordios…)

Jon no para de mandarles mensajes subliminales a hermanos y amigos de que este julio, en la casa de los mil cuartos no quiere ver a nadie. “¿Y cuantos dormitorios hay?” “Cinco”. “¡Cinco! Si queréis podemos entonces ir a veros un fin de sem…” “NO. NADIE. A QUIÉN VEA POR ALLÍ LE DEVUELVO A MADRID A TORTAS.”

Bueno, sí. Ya me entiendes. Todo lo subliminal que Jon puede llegar a ser.