Tutús vikingos

Nos preparamos para la huida de los madriles y los caloruzos nocturnos, como buenos veraneantes cobardes. Todo listo para escapar. Hoy hemos estado de compras y nos hemos surtido de zapatillas de goma para los fondos rocosos (protegiendo a nuestros dos cachorros hemiparésicos) y de chanclas de travesía para las marchas montañeras. Y de un tutú rosa para María. Que no es pegue demasiado con lo de triscar la montaña, ni con lo de robar coches y camiones a golpe de pulpo, pero lo ha visto, lo ha trincado con las dos manos y ha salido corriendo por toda la tienda emocionadita perdida “MÍO ¿VALE? SÍIIII” , así que papá Jon LOQUEDIGAMINIÑAHOMBREPORDIOS se lo ha regalado. Y debo decir que ha sido un éxito de regalo, porque se lo hemos puesto a la salida, por aquello de hacer un poco el tonto y sacarle unas fotos, y ya no se lo ha vuelto a quitar. Por ahí anda ahora, con el tutú y el casco de vikinga persiguiendo perros a golpe de pulpo. Los Ingalls de Gasteiz somos cada vez más variopintos. Como sigan llegando a casa personalidades tan barrambumbapumpimpam vamos a terminar haciendo un retrato de familia de lo más variopinto.

Y hablando de barrambumbas… Ayer me dió un chungo. Aún no sabemos bien por qué. Creo que por una medicación un poco heavy para las vértebras, que tomé por la mañana en ayunas y que debió de caerme en las tripas como un obús. El caso es que no llevaba ni 30 minutos trabajando tan pichi al albor de mi aire acondicionado, cuando empecé a sudar, a revolverme y a ver girar la pantalla del mac como si estuviera en un tunel de la risa. Bajé, o mejor dicho me bajaron, a la doctora de empresa y estuve un rato tumbado en la camilla reventando tensiómetros con unas medidas absurdas (15-8, 16-9, 13-9). Pasados unos minutos de repanchingue camillero, cuando ya parecía que estaba mejor, subí a mi mesa a seguir con lo mío y otra vez volví a caer en picado. Sudor, vómitos, cabeza giratoria, sonido en embudo como si me acabara de fumar un peta… Ya no bajé más. Directamente llamé a Jon para que viniera a buscarme y condujera mi coche hasta casa. Debí asustarle bastante, porque recorrió los 30 minutos de trayecto que hay de su trabajo al mío, en apenas 7 y me sacó de allí casi en volandas. Me pasé el camino de vuelta a casa vomitando en una bolsa del lidl, mientras él no paraba de decir “estás muy blanco, Ari, estás muy blanco…”

No llegó la sangre al río. Me desnudé, me tumbé en la cama, Jon me puso el ventilador cerquita y ahí me quedé frito hasta bien entradas las 5 de la tarde, que me levanté igual de mareado, pero con hambre. Aún por la noche, todavía tenía esa especie de soniquete de embudo en los oídos que tienes cuando vas puesto de algo. Esta mañana, cuando me he despertado, ya no quedaba ni rastro de síntomas y volvía a ser yo. He tirado el medicamento a la basura. Al hacerlo he recordado una frase que solía decir mi padre de los medicamentos caducados: “nunca tires ninguna pastilla antes de sopesar sus posibilidades con whisky.”

Así que… ya ves. Por raro que sea, al final no salí tan mal como tranquilamente podría haber salido.