Maria Eastwood

Llevo persiguiendo a mi jefe todo el día para que me dé audiencia. Quiero pedirle una revisión de sueldo. La octava desde hace tres años. E intuyo que igual de improductiva que las otras. Pero bueno, yo pido igual. Nunca pierdo la esperanza de dejar de ser un muerto de hambre. De hecho, llevo desde que tenía diez años sin perder la esperanza de dejar de ser un muerto de hambre. Jon se cabrea cuando escribo estas cosas. Me tira de una oreja y me dice que ahora tengo una casa, una vida cómoda y cero preocupaciones económicas. Entonces yo le digo que no. Que todo eso lo tiene él. Pero que si me deja mañana, igual tendría que vivir en una habitación y alimentarme con aire para pagar la luz. Y desde luego, ni pensar en que yo pudiera mantener mi parte de niños, perros y gatos.

Y entonces Jon se cabrea más, pasa a la artillería pesada y directamente me muerde el culo. PERO TENGO RAZÓN.

Ayer tuvo María su primer día de guardería. Salió con tres pegatinas rojas plantificadas en el cuaderno, como una postulante de la cruz ídem. Cada una de ellas tenía dibujada una carita triste. “Hoy se ha portado muy mal. No ha hecho caso a la profesora, ha robado bombones que teníamos para media mañana, y ha pegado a un niño con el muñeco y le ha hecho llorar.” Vale. Asumamos la evidencia de que María es una matona. Atenuado por el hecho de que ese niño le había quitado uno de los bombones que ella previamente había robado de la caja (la cachonda). Pero aún así… defenderse de los malos a pulpazos no es que sea el colmo de la templanza que digamos. Cuando llegamos a casa, la castigué sin pintar. Me jodió un poco, porque no tengo yo mucha naturaleza de padre educador, y en realidad lo de los bombones me hizo más gracia que otra cosa, pero también sé que si no aprende lo que se puede y no se puede hacer, se va a llevar más de una hostia en la vida, y más de dos, así que… la castigué. “Ahí sentada un rato sin pintar y a pensar que has sido mala en clase ¿eh?” Tan pichi se quedó. Sentada, balanceando las botas de Bob Esponja (tengo que hacer un post algún día sobre esas botas) y cantándole al pulpo. De vez en cuando me miraba, toda sonrisa y me decía “YA ¿VALE? SÍIIIIIIII…” Yo aguantaba el descojone de verla, toda sonrisa y minidientes. “No. Aún no. Un poco más.” “ESTÁS MUY WAPO. AHORA YA ¿VALE? SÍIIIII…”

Hoy ha ido a clase con el sombrero de cowboy y la estrella de sheriff. Ha prometido portarse bien si la dejábamos llevárselo.

Como si no asustara ya bastante a los niños en su estado natural de minipulga flacucha con tutú.