Palabra de Gasteiz

Anoche Jon y yo después de acostar a los niños nos montamos una batalla de láser-tag por la planta baja y el jardín. Los equipos no son nuestros. Se los ha dejado a Jon K. uno de esos millones de amigos raros que tiene por allende el universo, que acaba de liquidar una empresa de paintball y demás chuminadas. Y la verdad es que desde que los trajo nos pasamos mucho tiempo haciendo el idiota. Lo cierto es que más del que deberíamos, para ser adultos mentalmente estables. Anoche, en una emboscada debajo de la mesa de la cocina terminamos por asustar al pobre Pepe Penas. Fui a esconderme deslizándome a lo Misión Imposible y con el entusiasmo me olvidé de que yo era yo, y no Tom Cruise, y casi me como al perro. Encima como iba riéndome a boca abierta, me faltó el pelo de un calvo para morderle el cráneo al pobre animalito. Salió cagando leches a esconderse, claro. Y esta mañana otra vez volvía a mirarnos asustado desde un rincón. Pedro me decía “qué raro… ayer estaba bien”. Me he callado como una puta, claro. Pero entre la mirada acusadora de Jon y el ladrillo de conciencia ya he tenido bastante, no creas.

Siento lástima por Gustavo. Sigue deprimido e intentando correr por un lodazal con el barro por las rodillas. Jokin se está planteando echarse atrás en lo de la boda, y quedarse como están. No he dicho nada (hoy la cosa va de callarme) pero a mis ojos eso es una derrota. Y hay luchas que no deberían abandonarse nunca. Jon (mucho menos comedido que yo en cuanto a opiniones) les ha dicho que se olviden la idea de un bodorrio con chimpunes y que se casen por su cuenta, con pocos invitados, con una comida, con juzgado y con amor. Que poco más se necesita. Me pareció muy bonito que dijera eso. Últimamente suelta frases involuntarias que me conmocionan un poco el corazón. Ayer hablando de su piso de Malasaña, dijo que no lo quería vender porque quería dármelo, para que tuviera un sitio donde vivir si acaso algún día le dejaba. No sé en qué universo imaginario puede llegar a pensar que yo aceptara ocupar un piso de un exmarido con mis santos cojones, pero solo el hecho de que lo hubiera pensado me conmovió. “También podrías dejarme tú a mí ¿no?” “No. Yo nunca te abandonaré.”

Lo ha dicho tres veces desde que le conozco. Pero no importa. Para mí hubiera sido bastante con la primera.