Tribu

Ayer terminamos de montarla en casa. De verdad te lo digo. Cuanto antes nos quiten el laser-tag, mejor. A la batalla de anoche se sumaron los tres niños. Pensamos que Pedro, dentro de su seriedad, no querría. Que le agobiaría lo de esconderse o jugar sin luz. Pues no. Se apuntó a la primera, se lo pasó pipa y fue el más certero de todos nosotros, desplegando unas estrategias flipantes (por debajo de Jon que viene a ser como un Buzz Light Year en versión de Gasteiz). Lo hemos apuntado todo en el cuaderno para contárselo al psicopedagogo, porque nos dejó bastante alucinados. Es como si al considerarnos parte de su entorno, nuestra presencia le ayudara a superar lo que normalmente para él es insalvable. La verdad es que nos interesa mucho porque a lo mejor eso podría ayudarnos con lo de meterle en un avión. Jon tiene clavada la espinita de llevar a María y a Simón (y a Ariel) al Disneylandia de Orlando. Y la verdad es que no sé bien por qué, porque lo cierto es que ella se pasa las princesas Disney por el chumi, pero bueno…el caso es que a lo mejor estamos considerando que el avión es un problema cuando en realidad podría no serlo tanto.

Bueno, sí. Cállate ya, que me disperso. A lo que iba. Que la montamos con el láser-tag. Como María no podía cargar con el rifle, la dejamos participar con las dos pistolas de plasticurri de su equipo de sheriff. Una niña normal se habría rebotado por aquello de que nuestras pistolas sonaban (y molaban) y la suya no, pero María es de las mías. Esta hecha para caminar por todo tipo de terreno. Así que se puso tan contenta y se dedicó a correr detrás de nosotros con sus pistolas de plasticurri y haciendo el ruido con la boca cuando disparaba. “¡¡BURUBURUBURU!! MUETOOOOOOO ¿VALEEEEE?” Nos meamos. En serio. Yo, literalmente. Porque encima el hijoputa de Jon aprovechaba cada vez que me pillaba por la espalda y me bajaba los pantalones de chándal al tobillo para impedirme salir corriendo. Tres hostias de tripa me metí. Armamos tal pifostio entre buruburus, niños gritando, sillas cayéndose, perros ladrando, gatos bufando y vascos gritando ahivalahostia, que al final terminaron por asomarse nuestros dos vecinos para ver si nos pasaba algo. Les abrió Simón, les dijo “NO PASA NADA, SOLO NOS ESTAMOS MATANDO” y les cerró la puerta en las narices. Tardamos 25 minutos, Jon y yo, en recorrer un pasillo de 5 m. para ir a pedirles disculpas y darles las pertinentes explicaciones. Las lágrimas de risa sumadas a mis pantalones por los tobillos nos lo impedían. Pobres vecinos. Con lo formales e intelectuales que son, no quiero ni pensar la imagen que tendrán de nosotros de tribu de los Mojarras. No me extraña que luego nos inviten a conciertos de cuencos tibetanos. Deben estar deseando llevarnos por el camino del zen.