Ay…

Me canso de luchar con mi jefe y mi empresa. De verdad que me canso. Tanto o más que con los libros amontonados y los botes de pintura de mi buhardilla. Realmente parezco estar en una especie de impasse universal en el que corro, corro y corro y no voy a ninguna parte. Ni revisión de sueldo. Ni revisión de categoría. Ni mejora de condiciones laborales. Ni orden a mi alrededor para poder escribir y/o dibujar. Ni guarida para pensar. Ni nada. Solo un eterno “mañana, mañana, mañana.”

Y encima necesito cinco líneas para poder expresar que estoy hasta los cojones. Fíjate. Con lo que yo he sido.

Ya llegó mi mueble de con cajones de telinchi naranja. Es mucho más bonito de lo que pensaba. Y mucho más pequeño. Tan pequeño que meto una bola de calcetines y lo reviento (añadiendo además que al ser de Lilliput, tengo que doblar el espinazo hasta casi oler el parquet). Cagada monumental. Y no sé por qué me sorprendo porque este es EL PUTO MES EN EL QUE NADA SALE BIEN. Haciendo especial hincapié en que cuando lo dije por primera vez era septiembre y ahora estamos en Octubre, así que puede que realmente este sea el PUTO OTOÑO EN EL QUE NADA SALE BIEN, o el PUTO AÑO EN EL QUE NADA SALE BIEN. No lo sé. Igual da. Tengo un armario precioso que no me sirve para nada, y me da más pereza devolverlo que quedármelo. Así es la vida. Jon, apaciguador, me pregunta si no venían las dimensiones en la descripción del mueble. Pues sí. Venir, venían. Pero es que yo soy ese tipo que lleva cinco años conduciendo y aún no sabe aparcar. A mí me dicen medio metro y visualizo 10 cm. Disfunción lateral, lo llaman. Yo lo llamo imbecilidad genética. El caso es que lo imaginé cuatro veces más grande de lo que en realidad era. Jon (apaciguador) dice que es muy bonito y que me lo compra. Que seguro que le puede dar utilidad en alguna parte de la casa. Y yo, que de tonto voy lo justo, comprendo que lo hace para que recupere mi dinero, y le digo que no. Que se lo regalo con amor.

Echo en falta unos cuantos vasos de dopamina. En serio.