Rugby

Esta mañana hemos madrugado para ir a ver a jugar a Jon al rugby. Mucho. Muchísimo. En principio iba a ir yo solo con Pedro, para no arrastrar a los dos pequeños fuera de la cama con el fresquete que hacía, pero ha resultado que al final he sido el último en levantarme y que para cuando lo he hecho ya estaban todos vestidos, duchados, meados y desayunados. Así que hemos cogido las capas de lluvia y nos hemos ido a mogollón en mi Dacia. Jon se ha puesto todo contento cuando nos ha visto aparecer. Y eso que teníamos que tener una pinta interesante, ahí sentados por tamaños, con nuestras capitas de plasticurri ondeando al viento, como una fila ordenada de sintechos. La mañana era preciosa. De viento, entresoles, entrelluvias… ¿Creías que nunca iba a llegar el otoño? pues mira. El equipo de los nuestros ha ganado, así que luego hemos pasado por el vestuario a felicitar a Jon y nos han dejado colarnos hasta la cocina (ventajas de que la única mujer del grupo todavía necesite ayuda para hacer pis). Por ahí nos pasaban los tíos gigantes en pelotas chocándonos los cinco “eeeeeh…¡pero si está aquí la tribu de El Pardo!” Mientras miraba como María daba vueltas en plan fantasmón con su camiseta de rugby puesta, me he puesto a pensar que sin mover ni un dedo gordo del pie, había hecho Jon más por la visibilidad gay en entornos complicados que bastantes políticos desde sus sillas ministeriales. Me decía Rafa que simplemente era una cuestión de actitud mezclada con un poco de sudapollismo. No sé. Yo a veces pienso que lo que único que nos frena los avances en esta puta vida es el miedo. Jon no lo tiene. A nada. Nunca se lo he visto. Y con este pensamiento intensito, me voy a comer. Tenemos potaje de garbanzos con sepia. Los he hecho yo, siguiendo la receta de mi suegra.

Siguiendo la receta de mi suegra pero con 15 minutos más de cocción, sin tomate y quemándoseme la cebolla. O sea que… verás que éxito.