Abrazos

Me he escapado del abrazo de oso para escribirte. Anoche Jon tuvo guardia y volvió a casa sobre las 5 de la madrugada. Nos hemos levantado a las once, que ya son horas de sueño para mantenerte vivo, pero aún así, las noches de guardia siempre llevan implícitas siestas monumentales. Y no de las de cama y orinal, que decía Cela, sino de sofá, mantita y peli. Peli para mí. Porque él siempre me hace la misma de trampa de decirme que sí, que la quiere ver, y luego viene a quedarse sopa más o menos allá por el minuto 12. Empieza a acomodar cojines… a deslizarse… a ir dejando caer la cabeza… y al final lo que era un leve “deja que me apoyo un poco en ti” terminan siendo 95 kilos muertos de comandante espartano (ah-uh) completamente encima de mí. Y ahí ya tranquilamente me puedo quedar haciendo fotosíntesis hasta que se va el sol, porque por mucho que yo le hable, le intente desplazar o le arranque las cejas con los dientes, él ni se inmuta, ni mueve el más mínimo músculo. Cuando se duerme, se duerme. Jokin siempre me decía que Jon, cuando estaban en Iraq, era famoso en su unidad por ser capaz de estar profundamente dormido en un segundo, y en pie con el arma lista y apuntándote, en el siguiente. Sinceramente, empiezo a pensar que o bien todo eso son leyendas urbanas, o es que yo no tengo la misma capacidad despertadora de un iraquí, porque lo cierto es que solo para poder escaparme a hacer pis, tengo que tirarme 10 minutos de reloj levantándole brazos y piernas, que vuelven a caer al instante con la misma potencia atrapamoscas (y nunca mejor dicho) de peso muerto.

Vale, venga. Te dejo. Vuelvo al cepo. Que es domingo y hace frío. Me he pintado de colores. ¿Lo has visto? Siempre me apetecen colores en invierno.