Estados

Cuenta atrás para la gastrocolonospia del lunes que viene (aunque el tonillo superhéroes de la frase no le vaya mucho al asunto). Ahora mismo ya no puedo tomar antiinflamatorios no esteroideos (o sea, todos los divertidos) así que como me cruja el cuello durante los próximos siete días, tendré que aguantarme o aguantarme. Y quien dice el cuello, dice las lumbares, la cabeza, el esternón, el ciático y tooooodos los huesos y articulaciones que gustan de dolerme en mis momentos de festival. He sacado el tarro de cristal donde guardo (aún) lo que me queda de mi cosecha de marihuana porsiaca, y con esas, Jon me lo ha quitado y ha vuelto a guardarlo. No marihuana. Vale. Ok. Ya hay una ley de no marihuana reinante en nuestra casa, por aquello de convivir con tres niños, pero pensé que esto era un estado de emergencia. Sin embargo, no. Que dice Jon que no. Que solo es un estado de sitio porque aún no me duele nada. “¿Pero y si me duele?” le digo yo. “Paracetamol”, contesta. Ya. Bueno. Maldito sea el paracetamol no tiroideo. “¿Pero y si el paracetamol no funciona?” vuelvo a preguntar yo. “Esperaremos dos dosis a establecer el estado de emergencia.” Vuelve a responder él. “¿Y con el estado de emergencia puedo fumar marihuana?” “No. Con el estado de emergencia consultaremos si puedes hacerlo.” Joder. Nunca un peta fue tan burocrático.

Ya. Ya sé que tanto en estado de sitio, como de emergencia, como de guerra, me quedo sin fumar maría. A ver si te crees que a estas alturas no me conozco ya a Jon.