Dieta

Ya está. Ya estoy metido de lleno en mi maravillosa alimentación de mierda precolonoscópica. Sin dolores de cuello, menos mal. Así que sin pastillas. Solo en mi festival de desayunos coloridos de jamón york y mierdizumos de brik. Me he traído al trabajo un bote de cubitos de caldo y así voy tirando. Cubito va, cubito viene, con interludios de filete de pollo a la plancha. El domingo será lo peor. Todo el día de aguas y sopicaldos, así que imagino que ese día mi post será muy triste. Un post botijo. Sigue la tensión en mi cabeza por mi injusticia laboral, pero ya se me va pasando un poco y ya voy durmiendo mejor, a pesar del gato-bufanda y sin dar tantas vueltas a las cosas. Ayer cuando volvíamos para casa reinaba una luna llena, inmensa y blanca. Me pregunto si en parte mi debacle habrá sido también por eso. Yo y las lunas llenas, las lunas llenas y yo. Así toda mi vida. La noche que nacimos mi hermano y yo, no había luna. Decía la abuela Agra que no había visto nunca una oscuridad más negra. Se ve que estaba yo tomando carrerilla para luego comerme como un histérico todas las lunas llenas que se me tropezaran por el camino. Y si a eso sumas la falta de dinero, el jefe incompetente, las injusticias laborales, las colonoscopias… pues eso. Que siempre te llega el momento cagoendiós y lanzallamas. Está bien. No pasa nada. Prefiero la ira a la tristeza. Al menos lo primero te proporciona un impulso vital que lo segundo, no.

Anoche fui con Jon K. a la Fnac a decirle qué tableta gráfica podía regalarme por Navidad. Elegí una bastante decente. “Mira, esta estaría bien. Bien de precio, sencilla y con buena sensibilidad.” Miró la tableta… me miró a mí… volvió a mirar la tableta… señaló la caja y dijo “¿en serio? ¿esto? ¿esta puta mierda? ¿así pretendes dibujar mi PRECIOSO NUEVO AVATAR PARA TWITTER?”

Amo a Jon K. Siempre. Intensamente. Con amor incondicional.