Ya

Ya está. Ya está hecho todo y ahora a esperar. La verdad es que fue peor el preestreno que el estreno en sí, porque puedo resumir la prueba como un sueñito dulce. De esos que oyes la voz del enfermero despertándote y dices “cinco minutos más, papá.” Me dieron unos cuantos papeles y me mandaron para casa. Le pedí a Jon que me comprara cinco sandwiches de Rodilla y una cerveza de litro. Dijo que nada de cerveza. Era previsible, porque en cuanto me dejaba de apoyar en él, me iba hacia un lado. Los sandwiches sí que me los compró. Me los comí de una sentada, masticándolos con fruición, como un camello bulímico. Llevaba dos días sin comer. Es duro si llevas a tus espaldas veinticinco años de tragaldabas. Me eché otro sueño corto en casa y cuando desperté me comía el mundo, así que pedí una pizza. Hacía milenios que los de Telepizza no visitaban mi casa. Más o menos desde que Jon descubrió que yo sabía preparar la masa (en esta vida sé pocas cosas, pero las que sé, las sé bien). Como intuía que iban a reñirme, me comí solo dos trozos. Creo que fue inmediatamente después cuando me dió por leer el papel del médico y descubrí que hoy tenía que seguir dieta blanda. Se lo he contado a Jon. No sé por qué no tiré por la calle de enmedio, que hubiera sido quemar el papel en la chimenea o decir que solo comí jamón york. Supongo que por los ojos con los que me mira cuando se enfada. Son los mismos ojos del sexo. Los de los reflejos metálicos. No sabría decirte por qué, pero me vuelven bastante loco. A lo mejor por eso me paso la vida chinchándole. Por conseguir esos 5 segundos de mirada que me cosquillea la punta de los dedos.

Ya he terminado Sense8. Ha sido toda una experiencia sensorial. Como ver una película de Terrence Malick. Igual de maravilloso.