Pollas

Mi jefe tiene dermatitis en los brazos. Lleva todo el día rascándose. Creo que ya le estoy llevando a los limites de su estado de nervios, así que me siento bastante feliz. Supongo que pensó que yo sería el chico dócil que parezco, por encima de pelos imposibles y corbatas inexistentes. Supongo que creyó que el peso de la autoridad me iría frenando. Realmente, el no tener nada que perder es algo bastante maravilloso, así… en general. Ahora solo me queda esperar paciente a ver hasta qué punto se aplica en putearme. Con el fallo a mi favor de que es un hombre bastante tonto y torpe. En cuestiones de batalla, los tontos siempre terminan cagándola. Antes o después. Pero siempre. Casi solo hay que esperar sentado en la puerta a que pase su cadáver, como dice el refrán.
Estos días Jon y yo estamos salidosamorosossexualestontorrones (hola, luna menguante), así que últimamente jugueteamos mucho y donde no debemos. Hoy haciéndonos una bromita de cocina, a Jon se le ha escapado un “tócame la polla” y María ha aprendido su nueva palabra favorita para repetir hasta el infinito and beyond. Ya en el coche iba “pollapollapollapollapolla”, así que intuimos que hoy en la guardería va a ser un festival de pegatinas rojas, apuntes en su diario y cuidadoras en pánico. Me ha sudado hasta el culo pensando que hoy me tocaba a mí ir a recogerla, pero Jon ha sido conciliador: “No te preocupes, Ari. Iré yo a buscarla…” y pedazo de cabrón: “… y les diré que se lo has enseñado tú.”

Ah… el amor, y los espartanos hostiables. No sé que podría ser mi vida ya sin ellos.