Hocus Pocus

Me desconcierta mi gato pocero. Creo que de alguna forma está convencido de que, o bien él es un humano pequeño y peludo, o bien yo soy un gato gigante e imberbe. Ya no porque se me duerma todas las noches encima del cuello, apoyándome el hocico en los labios y dejándome allí todo su baberío nocturno de lamidas escrotales. Ni tampoco por esa manía de chupetearme las clavículas como si en algún momento fuera supernormal lo de descubrirme pezones en el gaznate, no… Es por el resto de costumbres increscendo que ha ido adoptando desde que llegó. Lo de seguirme allá por donde voy en plan Othar, aniquilando la hierba por donde piso. Lo de trepar hasta el escurrecacharros mientras estoy fregando, con el único propósito de quitarme el estropajo, solo porque yo lo estoy usando y punto. Lo de trincar cada cordón que me ato. Cada lazada que trenzo. Cada botón que me abrocho. Cada tela que me envuelve. Cada calcetín que me pongo. Lo de metérseme dentro de la bañera mientras me estoy duchando y quedarse ahí. Bajo el agua. Goteando bigotes y mirándome con cara de paisaje, ajeno por completo al detalle de que es un gato y se está mojando. Me desconcierta, de verdad. Su colegueo bicho va más allá de lo que han ido ninguno de los anteriores gatos que he conocido. Me dice Jon que no parece un gato. Que parece mi mellizo. Mi hermano pequeño. Mi secuaz. No sé cómo decirte. Quizá las siete horas que pasé allí tirado sobre los matojos que rodeaban el pozo, diciéndole chorradas linterna en mano, supusieron algo. No sé bien el qué. Algún tipo de vínculo extraño hombre-gato/gato-hombre. A lo mejor es verdad que nos estamos mimetizando y que al final él acaba siendo más humano y yo más gato, por arte de magia birlibirloque. Incluso puede que de aquí a Enero, él termine leyendo a Schopenhauer, mientras yo me autolamo las pelotas. Así… por poner un ejemplo de la mejor cualidad de cada estirpe. ¿No?