Sindicato

La reunión de ayer con el representante sindical, penosa. A unos niveles de penosidad bastante considerables. Llegó a insinuarme que si había recortes, había que tener en cuenta que las personas con conflictos pendientes serían las primeras en ser barridas. No sin antes añadir la coletilla de todo colega de plexiglás “esto entre tú y yo… ya me entiendes…” Me hizo recordar todos los motivos por los que dejé el sindicato. Y a la vez me insufló nuevos motivos para volver a él. No sé. Quizá porque sigo pensando que el mundo necesita personas que sigan creyendo que pueden cambiar las cosas. Sea como fuere, la maniobra del “voy a meterte miedo a ver si me quitas de complicaciones” no le funcionó en absoluto. Es lo bueno de lo malo de no tener nada que perder. Que me puedo pasar a determinadas personas y determinados gestos por el cipote (con perdón).

Lo mejor fue ver la reacción de mi jefe cuando me vio allí sentado con el sindicato. El brillo de su calva sudorosa acercándose nerviosa y el rosado de sus mejillas arreboladas, mientras fingía revolver papeles a nuestro lado, con la vana esperanza de pillar cacho de la conversación. Claramente, no se esperaba esa maniobra por mi parte. Así que, consiga o no consiga lo que por ley me corresponde, al menos esa imagen de hamster con corbata metido en un laberinto eléctrico, me la llevaré en la retina para siempre.

Tiraré de ella para darme satisfacción moral cuando me toque fichar en el INEM.