Jon

Hoy ha sido nuestro día de no niños, así que finalmente hemos subido al Puerto de Navacerrada a triscar un poco. No demasiado, porque nos hemos dormido como ceporros, y para cuando hemos colocado a los tres niños en sus respectivos tres destinos, ya nos habían dado las doce del mediodía. Así que hemos desechado los bocadillos, hemos subido hasta la Residencia Militar de Montaña y hemos comido allí. Las primeras veces que subía a esa Residencia, siempre se me hacía raro. Pensaba que todos me miraban como diciendo “qué coño hará este aquí”. Ahora la verdad es que ya no me importa tanto. Quizá por Jon, que tiene los huevos como melones cantalupos y si tiene que darte un beso en los labios, te da un beso en los labios, lleve uniforme, camiseta, o traje de lagarterana, o quizá porque ya voy madurando y la gente a la que no le importo empieza a dejar de importarme a mí. El caso es que ya bien. Como Pedro por mi casa. Saludando soldados y escuchando los “¡susórdenes m’comandante!” sin bajar cabeza y vista. Incluso me he sacado en el ministerio la tarjeta de cónyuge, por si algún día quiero ir allí y Jon no puede acompañarme. El ambiente dentro es casposo y rancio, pero se come muy barato y se respira bastante mejor que en Madrid. Sobre todo en estos momentos de anticiclones y mierda en suspensión.

No había nieve, claro. Nada. Ni un puñetero copo. Al contrario. Lucía el sol en un insultante azul. Hemos dado un paseo hasta el alto de las Guarramillas (no te vacilo. De verdad que se llama así) y Jon me ha explicado cómo se tomaba tierra con un helicóptero militar. No he entendido ni puñeta, pero ha dado igual. Porque olía bien, el aire era fresco y el rizo del flequillo se le descolgaba todo el rato sobre la frente, haciendo que tuviera que pasarse constantemente los dedos por el mechón.

No sé. En ese momento me ha parecido que no me hacía falta nada más.