Lo invisible

Ahora que te estoy dibujando por todos los lados para hacerte el nuevo avatar he recordado cosas de cuando te conocí. Porque el otro día le contaba a alguien de cuando yo me levantaba a las 6:00 para poder coincidir contigo a las 7:00 en las pistas del Canal, aunque solo fueran los dos minutos de cruzarnos, verte sonreír y cruzar dos palabras contigo y dije algo que dio a entender que lo hacía única y exclusivamente porque eras guapo y andaba colado por ti. Pero esta mañana, mientras te veía hacer el tonto con las mandarinas, recordé que lo segundo no había sido exclusivamente motivado por lo primero. No. En absoluto. No era que fueras guapo. Ni más o menos alto, ni que tuvieras el cuerpo así o asá. Era que me tratabas bien. Eras amable conmigo. Y eso sí que lo recuerdo, Jon. Que me sonreías. Y me mirabas a los ojos y me decías “buenos días” y siempre te despedías con un “hasta pronto, Ariel”. Siempre con mi nombre. Como si yo fuera alguien importante que recordar. Y siempre caminabas conmigo, y te parabas un poco a mi lado, para ayudarme a atar la bolsa en la guantera de la moto. Es cierto. Eras educado, amable, cariñoso y cordial, conmigo. Y fíjate… todo eso me desconcertaba. Me ilusionaba. Que alguien me tratara así de bien, sin venir a cuento, gratuitamente y sin que mediara nada de intercambio.

No sé. Me hace pensar. Supongo que todos estamos ya tan acostumbrados a lo áspero del mundo, que basta un simple roce de lo contrario para que se nos enciendan todas las putas luces del universo.