Nochebuena

Veintidós personas para cenar en mi casa en Nochebuena. Veintidós. Y sin posibilidades de contar con mi suegra, porque va a estar de viajecito guais en Brasil hasta el mismísimo día 24, por la mañana (segundo año que nos huye, la muy cobarde). Dice Jon que bueno. Que no pasa nada. Que no cunda el pánico. Que le decimos a cada hermano que traiga un plato hecho, y que luego nosotros preparamos cuatro o cinco principales más, y unos cuantos entrantes. Y lo dice así. Tan pichi. “Cuatro o cinco principales.” Como si fuera poner la plancha y echar unos filetinchis de pollo. Igual. Yo pongo mi cara de pánico. La buena. La de los domingos. Y le digo “pero…no vas a poder con todo.” Y él me mira con cierto airecillo de guasa malvada y dice “Siiiiiií… con tu ayuda ya verás que sí.” Con mi ayuda. Ya ves tú. Que yo puedo ayudar si se trata de freír unos trozos de chorizo para echar a los macarrones. Pero ¿las cosas que cocina Jon? ¿los canelones esos de berenjena y chipirones que hace? ¿las croquetas de langosta? ¿las tartaletas confitadas de nosequécoñollevanperoestándemuerte? ¿a qué voy a ayudarle? ¿a comerme los ingredientes antes de que se conviertan en plato? porque creo que en eso es en lo único que a día de hoy me considero un hacha.

En eso y en poner vermuts y villancicos. Ya ves tú. Superútil para una cena de veintidós ¿eh?