Briwat

Ayer recogí los resultados de la gastrocolonoscopia. Tengo el estómago hecho una mierda. Era un poco de esperar. Esofagitis, esófago de Barrett (esto me encanta), gastritis crónica, múltiples erosiones en el tubo esofágico y presencia activa de bacterias Helicobacter Pylori. O sea… “deje usted ese estómago y cómprese uno nuevo.” Salí del hospital contento. Hace tiempo que todo lo que lleve la frase “no se observa displasia ni malignidad” me pone contento. Sea lo que sea. “Se observa lepra avanzada en el pene, sin displasia ni signos de malignidad.” “¡¡OLEEEEEEEE, QUÉ ALEGRÍA, DOCTOR!!” Así. Así todo más o menos. Ahora voy a intentar mantener entretenido a Jon para que no me haga llevar los resultados al médico antes de Navidad. Mi esófago de Barrett se va a poner muy triste si no le dejan comer polvorones y turrón de chocolate. Sobre todo ahora que sé que vienen 23 personas para navidad (sí, hemos sumado uno). Además, Jon me ha pedido que cocine dos platos de la abuela Agra para la cena de Nochebuena, y no es que la cocina bereber sea precisamente el colmo de la paz gástrica, que digamos. No. No me lo preguntes, porque aún no sé qué voy a hacer. Pensaba en maldades, tipo baklawa con mantequilla de hachís, o briwat de mejillones picantes. Ambas cosas tan deliciosas, como matadoras.

Cuando la abuela Agra hacía el briwat de mejillones picantes, tenías que acompañarlo con litros de leche de cabra si no querías morir. Pero en Nochebuena no es que haya a disposición mucha leche de cabra en la mesa para resucitar papilas gustativas, así que… imagina la escena y descojónate conmigo.