El voto útil

Estamos ya en la última semana de las elecciones (y de Star Wars, pero esa es otra historia para otra ocasión). Jon y yo no votamos lo mismo. Aunque vayamos hacia la misma izquierda, él va a hacia una y yo hacia otra. Así que a partir del lunes empieza mi verdadera precampaña. La que hago dentro de mi casa y de mi cama, para convencerle de que mi opción de voto es mejor que la suya. A la inversa no sucede igual. Él vota y deja votar, y nunca recuerdo que intentara convencerme de nada. Normalmente, solo me deja parlotear incesantemente y me mira con expresión de “claro, claro… maravilloso, maravilloso…” Sé que no está bien lo que hago y que es mucho más respetuosa su posición que la mía. Pero no puedo evitarlo. De verdad que no puedo. A todo el que veo cercano a mis ideas, intento convencerle contra viento y marea (a los otros no, porque tampoco soy de gastar saliva luchando contra molinos). Contra todos los que piensan “qué más dará un voto más o menos…” yo soy siempre de los que piensan “un voto, un paso menos para la victoria.” Así salí. Así de vehemente. Así de inútil.

Mi jefe me ha hecho cambiar la carta que le presenté de solicitud de revisión de categoría tres veces. Con tres correcciones imbéciles, de tipo “en vez de Centro, pon Instituto”. “En vez de tres años, pon trienio.” Y al final, cuando ya ha visto que no cabían más idioteces, me ha dicho “sabes… mejor quédate la carta y me dejas solo con el anexo de tu formación. Al fin y al cabo esto no es un ministerio.”

No sé. Cada vez tengo más la sensación de que mato poco en esta vida.